Enamórala y véndela

Un Camaro amarillo se detiene frente a una pequeña zapatería. Se abre la puerta del conductor y de ella sale una bota vaquera puntiaguda; a intolerables decibeles resuena un reggaeton; el hombre de 24 años con mechas desteñidas baja del auto. Con la soberbia de un rey, da la vuelta, abre la puerta y sale de ella una joven de 16 años; morena delgada, de cara lavada, con minifalda escolar a cuadros rojiazules, blusa blanca, calcetas y zapatos negros de goma. Es una novata, dicen los vecinos, la trajo de Cholula. Ellos saben que el güero le va a comprar zapatos y ropa de “mujer” para comenzar la transformación.

 

En Tlaxcala, estado vecino con Puebla, se generalizó hace poco más de una década una tradición de ritual masculino que toda la sociedad avala, desde Tenancingo, pasando por Acuamanala, Papalotla, San Luis Teolocholco, San Pablo, Ayometla, Xicohtzinco y otros pueblos. Familias enteras viven de la explotación sexual de jovencitas. Los tratantes han sido entrenados para enamorar a adolescentes, establecer noviazgos ficticios, conocer a la familia y llevárselas para prostituirlas. Madres, abuelas, tíos y hermanos viven hasta por cinco años del producto de la explotación de una, dos o tres “novias” o esposas de los Tenancingos. Padrotes, tratantes, lenones, orgullosos de su capacidad para engañar, seducir y transformar cada año a miles de niñas y adolescentes en mujeres entrenadas para esclavas.

 

El caso más famoso de Tlaxcala fue el de la familia Carreto que purga una pena en Estados Unidos por haber llevado jovencitas como esposas de jóvenes tlaxcaltecas a burdeles caseros de Nueva York. Y hace una semana un joven detenido por la SIEDO, con naturalidad y orgullo explicó cómo fue educado para ser padrote.

 

“Mientras no sea mi hija, a mí qué me importa”, dijo doña Anselma, mientras investigaba la cultura lenona para mi libro sobre trata de mujeres. Todo el pueblo reconoce a los padrotes. Autos deportivos, cabello puntiagudo y embadurnado de cera. Música a todo volumen, cadenas de oro y relojes voluminosos, todo producto de la explotación de las mujeres.

 

“No hay agricultura, no hay escuela, no hay trabajo… y pu’s hay mujeres y si uno las puede vender, pu’s las vende, es lo que hay”. Dice sonriente un anciano ex lenón afuera de una cantina.

 

Las respuestas me recuerdan los primeros brotes de normalización de la narcocultura. Las camionetas, la indumentaria y todo lo que daba sentido a la identidad narca en Sinaloa, Juárez y Tijuana. Luego llegaron la música y las películas que los hicieron parecer héroes omnipresentes, cuyo discurso normalizaba una economía emergente en la que los campesinos sin tierra obtenían trabajo gracias a la siembra de mariguana y amapola. Ahora la cultura del tratante está documentada en Tlaxcala, Puebla, Quintana Roo, Yucatán, Sinaloa, Chiapas y Veracruz.

 

Si la sociedad no reacciona ahora mismo, no habrá suficientes cárceles para los tratantes ni refugios para sus víctimas en todo México. Algo tendríamos que hacer. Habría que alertar a estudiantes y maestros de estas zonas para comenzar a transformar estos patrones en sus comunidades, desde la educación de la equidad hasta la reactivación económica con el empresariado y el Estado. La Universidad Autónoma de Tlaxcala ha hecho estudios y programas de prevención, unirse a ese esfuerzo puede cambiar al país. Ahora es cuando.

 

Lydia Cacho

Publicado en El Universal: http://www.eluniversal.com.mx/columnas/86611.html

Diluvio del fin del mundo

Mandé un tweet informando la urgencia de enviar alimentos para bebés a Veracruz. El peligro de que cientos de infantes mueran como resultado de las inundaciones es real, pues muchos ya sufrían problemas de desnutrición y enfermedades debilitantes. De inmediato recibí respuestas de solidaridad, pero también mensajes argumentando que debemos sabotear todo intento de donativos y ayudas cívicas.

 

El argumento detrás de esta petición parte de una lógica: durante las últimas elecciones los gobiernos de los estados más afectados por las inundaciones se robaron cantidades ingentes de recursos públicos para sus campañas.

 

Los tuiteros rebeldes argumentan que debemos utilizar la fuerza social para presionar a las autoridades en lugar de hacerles el trabajo. Que si la sociedad sigue “haciendo obras de caridad” luego de cada desastre natural los gobernantes se cruzarán de brazos. Teóricamente tienen razón, y si viviéramos en Noruega o Suecia seguramente me sumaría a su decisión. Sin embargo, además de la obvia corrupción, creo que el tema central es que, durante años, gobiernos y sociedad hemos ignorado las advertencias (desde los mayas hasta los científicos contemporáneos) sobre el cambio climático.

 

Evidentemente, hay un asunto político y ético relacionado con la negativa de los Estados Unidos desde hace tiempo para firmar el tratado de Kioto, ante la incapacidad de las grandes corporaciones y empresas turísticas para entender el impacto destructivo de las emisiones de carbono y asumir su responsabilidad. Y está la necedad del gobierno federal al descalificar la importancia del subsidio de energías alternativas.

 

Claro que es importante negociar, presionar, manifestarse, rebelarse para que no vivamos de crisis en crisis, para que México deje de darnos atole con el discurso. Pero también es cierto que hay vidas humanas que peligran y necesitan de la ayuda de otros. Ellos no son culpables de la ineficiencia o la corrupción oficial; negarles la ayuda por ese motivo equivale a victimizarlos dos veces. Cada quien elige si alivia el sufrimiento de los necesitados o no. En lugar de boicotear la ayuda por temor al desvío o la rapiña burocrática habría que hacer un mayor esfuerzo en exigir rendición de cuentas y transparencia sobre los montos de ayuda y la manera en que se distribuye. Y más vale que lo hagamos pronto: el cambio climático nos garantiza, por desgracia, que cada vez serán más frecuentes las comunidades devastadas por los desastres naturales. Hay momentos para luchar y momentos para la solidaridad, no son excluyentes.