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Respuesta a la desolación

Por | Diálogos, Opinemos | 29 Comments

Lydia Cacho
Me escriben hombres y mujeres de todas las edades, comparten su cariño y sus buenos deseos, pero también comparten su rabia, su impotencia. Algunos jóvenes me escriben asegurando que esta patria suya está podrida, que no hay salida, por eso no hay razón sostenible para arriesgar la vida, o el poco bienestar que se tenga para salvarla. O simplemente que no quieren hacer nada de nada, porque el futuro es desolador.

Durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) el pasado jueves 29 de noviembre de 2007, durante la presentación de mi libro Memorias de una infamia, un joven de unos 18 años nos escuchaba de pie, observándolo todo con interés. En el momento de charlar con el público él tomó el micrófono y con una honestidad bañada de angustia existencial preguntó “¿Para que seguir, Lydia, si ya perdiste en la Suprema Corte? Si ya ganó, otra vez la corrupción, yo ya no creo en nada ¿Cómo creer en México?”. Su pregunta rebotó en todo mi cuerpo, hacía apenas unas horas había escuchado el veredicto de seis jueces y juezas de la Suprema Corte favoreciendo al “Gober precioso” y a Kamel Nacif, el protector y socio del pederasta. Las lágrimas estaban agolpadas en mi garganta, pero me rehusaba a llorar, al menos en ese momento, porque yo, al igual que el resto de millones de mexicanas y mexicanos indignados ante la resolución, quería comprender, pensar en el siguiente paso, no desmoronarme y caer en los brazos de la tristeza y la incertidumbre.
Mirándole a los ojos le dije que cuando yo tenía su edad me pregunté lo mismo, y que ahora –veintisiete años después- sabía que valía la pena seguir intentándolo. No hubo tiempo para más.
Ahora que ustedes me escriben, que Mariana de 15 años pregunta lo mismo, no puedo sino recordar que cuando yo era niña y mi madre iba a la Universidad –que se pagaba con grandes esfuerzos- ella era una mujer entre cada 50 o 60 hombres. Yo tenía cinco años cuando la matanza de Tlatelolco, y luego vinieron las desapariciones forzadas y recuerdo la ebullición de mis tíos maternos, estudiantes entonces y los diálogos de miedo de las amistades de mi madre. Y yo sólo miraba y escuchaba. Leer más