Lydia, no te rindas. Por Jorge Zepeda Patterson

El sábado se cumplió un año de la detención irregular y traslado a Puebla de Lydia Cacho. Desde aquél 16 de diciembre muchas cosas han sucedido, menos la justicia. Un gobernador se hizo precioso; Kamel dejó de ser simplemente una marca de cigarros para convertirse en objeto de corridos y desprecios; las botellas de coñac han desaparecido de las canastas navideñas que se intercambian los hombre de poder; los políticos han dejado de hablar por teléfono, salvo para proferir frases de bronce, dignas de los libros de historia; el presidente actual y otras autoridades importantes han prometido, indignados, que las violaciones en contra de Cacho no quedarían impunes.
Muchas cosas han pasado, salvo la justicia. Lydia Cacho sigue bajo la figura de un auto de formal prisión por la demanda original de Kamel Nacif, acusada de difamar a un buen nombre. Hace dos semanas se presentó una demanda en contra de Lydia de parte de una de las víctimas controladas por Succar, para exigir las regalías del libro Los Demonios del Edén (aunque estas ni siquiera han alcanzado para que la periodista pague el costo de su defensa).
Lydia Cacho sigue viva gracias a la opinión pública. No sólo fue detenida de tal manera que los judiciales poblanos pudieran darle un esquinazo a los Afis que la protegían luego de varias amenazas de muerte. Fue sacada de Cancún sometida y agachada en el asiento trasero de un auto, con una pistola pegada a su nuca. Las primeras horas transcurrieron entre mofas y amenazas de aplicarle ley fuga. Un secretario de estado y un comentarista de Televisa hablaron con el gobernador Marín, pocas horas después de la detención de la periodista, para advertirle los riesgos en los que incurría y hacerle responsable de su vida. Mientras Lydia recorría kilómetros de tierras tropicales pensando que sería lo último que vería, sus colegas denunciaban en todos los noticieros la infamia que se estaba cometiendo. Eso la salvó. Ocho horas después, el judicial poblano que la llevaba recibió una llamada de sus jefes; al cerrar el celular le comentó a su compañero un lacónico “hay cambio de planes”. Mantuvieron con su detenida una actitud hostil y amenazante, pero dejaron de hacer alusiones a la ley fuga.
Pero eso no evitó que a partir del día siguiente, cuando Lydia Cacho llegó a Puebla, el gobernador hiciera un linchamiento público de la periodista. No le había cumplido a su amigo Kamel el coscorrón prometido, pero se encargaría de que por la vía judicial viviera un infierno los siguientes meses. El jueves pasado, envalentonado por la presencia de su amigo Mariano Azuela, presidente de la Suprema Corte, en un acto público el gobernador Marín acusó a Lydia de ser una delincuente, por que así lo había dictaminado un juez. Lo que no dijo Marín, ni Mariano Azuela, es que tanto el gobernador como la procuradora estatal y la jueza en cuestión están siendo investigados por otros ministros de la Suprema Corte, por la probable colusión para violentar los derechos de la periodista.
Algunos dirán que en un país en los que todos los días se cometen infinidad de infamias, lo que han hecho en contra de Lydia es pecata minuta. Mientras usted lee esto es probable que se esté cometiendo un feminicidio más en el país (asesinato de una mujer, por razones vinculadas a su género). Hoy muchos niños serán objeto de abuso. A una persona pueden pasarles peores tragedias que ser detenida, arrastrada a Puebla a golpe de amenazas de violación y vivir bajo la permanente amenaza de cárcel por la incompetencia o corrupción de jueces banales.
Sin embargo, la gente sabe que lo que está en juego en este caso, no sólo es la vida de una mujer de grandes ojos y de personalidad indomable, sino la necesidad de impedir el castigo a una periodista que ha salido en defensa de la sociedad. Si Lydia es vencida, la comunidad en conjunto habrá sido derrotada. Los hombres de poder habrán demostrado que la comunidad está indefensa frente a sus prácticas viciadas, su corrupción y su impunidad.
El caso de Lydia Cacho se ha convertido en el símbolo de lo mejor y de lo peor de este país. Nos ha permitido atisbar las cloacas de las redes de protección y el desenfado y cinismo de los grandes hombres de poder, pero también ha hecho posible entender que la entereza y la congruencia de una persona ponen en movimiento fuerzas mayores. Lo mejor de estos doce meses ha sido la manera en que la sociedad civil ha hecho suya esta causa. No se ha hecho justicia en los tribunales, todavía, pero en cierta manera el país es otro por lo que respecta a la pederastia. Pocas veces un libro periodístico, y lo que este desencadenó, habían significado tanto para la comunidad. La indignación frente a esta denuncia y la represión de parte de las redes de corrupción, propiciaron una actitud más severa de la opinión pública ante el abuso sexual infantil. Lo que en muchas zonas del país era un “vicio” tolerado, se ha convertido ya en un crimen inadmisible. Las leyes se han endurecido y la opinión pública se está haciendo intolerante frente a estos abusos. El caso de Lydia Cacho ha permitido quemar etapas y brincar una generación en términos de conciencia pública sobre la trata de menores.
No sabemos cual será el desenlace de esta historia. El caso está en tribunales, pero en realidad se estaría litigando en una arena pública mayor: por un lado, la fuerza de los poderosos capaces de influir en jueces y autoridades; por otro, la solidaridad y la indignación de la comunidad que sabe que se está jugando mucho más que la suerte de una periodista. Sólo queda respaldar la actitud de un mazatleco, anónimo, que luego de leer el libro mandó hacer una manta que colgó fuera de su ventana: “Lydia no te rindas, estamos contigo”. (www.jorgezepeda.net)

2 comentarios en “Lydia, no te rindas. Por Jorge Zepeda Patterson

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.