Buenas Noticias

En medio de tanta masacre, una extraordinaria noticia, una luz en el camino sobre la transformación del Sistema de Justicia Penal mexicano se dio en la ciudad de Chihuahua, y claro, con la cantidad de dramas sangrientos, casi pasó desapercibido: el primer paso para un juicio oral por feminicidio, personificado por dos extraordinarias mujeres.
Lucha Castro, abogada del Centro de Derechos Humanos de las Mujeres A.C, logró llevar la denuncia de un intento de feminicidio ante el nuevo Sistema de Justicia Penal de Chihuahua. El viernes cinco de este mes la abogada llegó al juzgado al lado de Dolores Tarín, una valiente mujer que sobrevivió al atentado de un sicario.
La experiencia del juicio oral fue dramática y emocionante para todas y todos los involucrados, incluido el propio Juez, quien hizo un buen  trabajo; hasta los policías estaban entusiasmados.
Por un lado el Ministerio Público, representando a la Procuraduría del Estado, presentó una solicitud al Juez de Garantía para que se negara el juicio oral, quería un juicio abreviado. En su propuesta, el sicario se declararía culpable y obtendría el beneficio de la pena mas baja por haber aceptado matar a la mujer. La abogada argumentó que eso se podría considerar sólo si el sicario, a cambio, proporcionaba información para procesar al autor intelectual, quien se fue de la ciudad sin dejar rastro y a quien el MP jamás investigó.
El Juez escuchó a todas las partes, debatieron abiertamente con buenos argumentos, la víctima se sintió validada por el Juez e incluso pudo decirle al Ministerio Público lo que todas las víctimas de delitos en este país quieren decir cuando la autoridad en lugar de defender los intereses de la sociedad, defiende a los criminales.
La víctima y su abogada argumentaron mientras el Juez considerablemente azorado ante la parcialidad del Ministerio Publico hacia el sicario, anotaba las contradicciones. Al final se dio la razón a las mujeres y se admitió un juicio oral por un delito de violencia de género.
Imagine usted que algún día, todas y todos los mexicanos tengamos derecho a ser escuchados, a evidenciar claramente cuando el representante de la Procuraduría representa a los criminales. Un día en que las víctimas y sus familiares ya no serán interpretados en cientos de hojas escritas en lenguajes anacrónicos con términos legales incomprensibles; sometidos a la opacidad de un sistema en el que las decisiones se toman con discrecionalidad, y sin que  la jueza o el juez pueda escuchar toda la historia en vivo, de una buena vez.
En unas semanas comienza ya este juicio oral, en el estado que durante más de una década ha sido desgarrado por la destrucción sistemática de vidas, cuerpos y dignidad de mujeres y niñas.
Dolores Tarín llega al juicio con la valentía de una mujer que sabe que su cabeza tiene precio, Lucha Castro con amenazas de muerte del crimen organizado de Chihuahua; pero allí estuvieron, en el juzgado, preparadas, fuertes, congruentes; haciendo historia.
En medio de tanto dolor y tragedia, podemos celebrar que en México no se vale darse por vencida. Aunque siga el debate sobre el costo millonario del sistema de juicios orales, sobre el poder que perderán abogados que cobran sumas millonarias para resolver casos en la opacidad y la corrupción, y sobre las dificultades para su implementación, lo cierto es que hoy podemos celebrar un paso pequeño para la justicia; inmenso para las mujeres de Chihuahua. www.lydiacacho.com

Rescatar a México

Plan B
Columna de Lydia Cacho publicada todos los lunes en El Universal y otros diarios nacionales

La angustia que produce la violencia social que se vive en México parece no encontrar salida. Hay una tendencia a la descalificación de toda crítica. La gente que se siente abrumada por el miedo a la violencia, a la propagación de narcotráfico, del secuestro, de los feminicidios, de la pedofilia; busca respuestas que le den paz emocional. Necesitamos saber que hay esperanza, porque sin ella nada de esto que sucede tendría sentido.
Los grupos budistas buscan iluminar al país con pensamientos de luz y armonía, miles de católicas, judías y cristianas hacen oración en grupo por toda la geografía nacional. Muchos han decidido dejar de leer los periódicos porque no pueden manejar la angustia. Los directivos de algunos medios electrónicos y escritos escuchan la solicitud del presidente Calderón para acallar las malas noticias.
Participar de ese juego de silenciamiento de la realidad no es solamente peligroso, sino carece de sentido. Es como el hombre cuyo médico le ha dicho que tiene cáncer y visita a un yerbero. Todo saldrá bien, se dice. Meses después cae fulminado en el hospital, la metástasis ha llegado a los huesos, al hígado y al páncreas. Las enfermedades del cuerpo, como las de la sociedad, no mejoran por el simple hecho de ignorarlas.
En un país convulsionado por la violencia, nadie tiene derecho a exigir derechos sin asumir responsabilidades. El presidente Calderón, sujeto al miedo de haberse envalentonado al abrir una guerra sin cuartel en todo el país, no tiene derecho a exigir a la sociedad su apoyo y, al mismo tiempo, cancelar el derecho que ésta tiene a estar informada.
Los criminales buscan la opacidad; esa es la esencia de la impunidad. Lo sabe bien la gente de Cancún con los zetas que se han apropiado de los edificios de la Zona Hotelera, y un alcalde y un gobernador que no se atreven a hablar del tema en Quintana Roo.
Lo saben en Piedras Negras, Coahuila, quienes la semana pasada estuvieron en el Hotel restaurante Barrocas frente al Chapo Guzmán y su mano derecha “El yerno”. La gente de Eagle Pass, a quienes la banda de El Chapo les ha quitado todo, casas, ranchos, negocios. Lo saben las familias de Tijuana y Nuevo León con desaparecidos que intentaron denunciar a secuestradores ante las autoridades. Las defensoras de derechos humanos de Chihuahua, amenazadas de muerte por judiciales. Lo sabe el General que la semana pasada pidió a Calderón que nombre a un Secretario de Gobernación que sí sepa sobre seguridad nacional. Lo sabemos en todo México: si nuestros derechos humanos y constitucionales no están garantizados y protegidos, nadie, ni el Presidente, tiene derecho a exigir responsabilidad para sumarse a una guerra que sólo genera más violencia.
Me parece que hay que abrir los ojos, mirarlo todo, escuchar al miedo, enfrentarlo. Es buena idea iluminar a México, cada rincón de oscuridad ya sea político, criminal o empresarial. Iluminar con la verdad, con la información. Sólo así rescataremos nuestros derechos, de la mano de nuestra responsabilidad. Calderón tiene el derecho de convocar a todos a combatir el cáncer de la inseguridad; por lo mismo, no puede cancelar el derecho de la sociedad a informarse sobre esa enfermedad.

Secuestradores invisibles

Se llama José R, es un tipo alto, norteño bien parecido. Su esposa y sus hijos lograron escapar de este hombre que fuera policía judicial de Torreón, y luego “madrina” de la procuraduría de Nuevo León. Él fue capacitado por un grupo israelí que presta sus servicios en México para entrenar cuerpos especiales de policías. El procurador de Torreón creó un grupo especial antisecuestros, y este policía se capacitó tan bien, que pasó a formar parte de un  equipo que se dedicaba a “rescatar” secuestrados que ellos mismo habían raptado. Luego intentó contratarse como guardaespaldas para una afamada familia de lecheros de torreón, cuando su hijo fue secuestrado, este policía estuvo involucrado, pero nadie lo tocó. El sujeto practicaba técnicas de tortura con su esposa, frente a sus hijos. Fue entrenado para soportar e infligir dolor y terror.
José R. viajaba a Tamaulipas para comprar armas de alto calibre. Usaba a su familia de carnada para cruzar  y tenía amigos de ambos lados de la frontera. Jamás fue detenido con sus cargamentos. Las armas eran vendidas a varias procuradurías. Cuando José R. utilizó sus contactos en PGR para averiguar en dónde estaba su mujer, ella denunció todo, la información puntual se le entregó a agentes de SIEDO, hasta los niños dieron detalles de su padre. Meses después, su expediente desapareció de la PGR. El hombre llamó para amenazar, fue grabado y  se le dio la evidencia a las autoridades, hasta que un agente de SIEDO me dijo: deje de preocuparse señora a ese tipo nadie lo va a detener, las “madrinas” no existen, son parte del sistema. Sé de buena fuente que el tipo ya no les molestará más. Así fue.
Cientos de hombres invisibles como José R., son eslabones entre el crimen organizado y las procuradurías. Son intocables porque durante décadas los “madrinas” han hecho los trabajos sucios de gobernadores, alcaldes, procuradores y empresarios corruptos que necesitan deshacerse de alguna persona, o darles escarmiento a periodistas incómodos. La ineficacia de los Ministerios Públicos, aunada a la corrupción e incapacidad de los jueces, les aseguraron carreras criminales fructíferas.
No son, como el cine mexicano les muestra, bárbaros de calaña pulquera y evidente malicia. Son sujetos que visten bien y se expresan como hombres ilustrados, la mayoría tienen entrenamiento paramilitar, no levantan la voz, actúan como hombres de poder, porque lo son. Manejan sumas de dinero importantes; tienen cuentas de banco en México y en Estados Unidos.
El tráfico de armas y el secuestro mueven millones de dólares en México. Ellos saben bien, que lo que conocen de sus clientes y las corporaciones estatales y federales a las cuales pertenecieron, les mantienen invisibles ante las autoridades. Los “madrinas” se han sofisticado con los años, se contratan para ambos bandos, se infiltran en la PGR, en SIEDO, en la SSPF, o nacen en ellas y se subcontratan con grupos criminales. Son producto del sistema político-policiaco que sigue vigente.
Mientras los políticos pelean por el raiting de quién es más grande para abatir el secuestro, las cuentas bancarias y sus nexos con gobernadores y procuradores, siguen intocadas por la PGR. La impunidad real no la siembra el secuestrador express del taxi callejero, que con 3 mil pesos queda satisfecho; él se cobija en el miedo sembrado por los hombres invisibles que el sistema de justicia mexicano prohijó y que sigue sin mirarles. www.lydiacacho.net

Sanar al país

Encendemos la radio, tres personas fueron acribilladas en Tamaulipas, cambiamos de estación; el hijo de un empresario fue encontrado muerto luego de haber sido secuestrado. En Internet encontramos que la agencia de noticias CIMAC fue asaltada en la Ciudad de México, se llevaron todo, las reporteras estaban investigando las violaciones y feminicidios de mujeres indígenas en la Sierra de Zongolica. En Chihuahua tres niñas más fueron asesinadas. Los diarios dan el recuento de acribillados del día. Estamos saturados de violencia, de gritos de guerra.
La sociedad mexicana vive sumida en el miedo, la indefensión y la rabia. Emilio Gamboa Patrón, adalid de la justicia diferenciada, en defensa del padre del joven asesinado, en su investidura de líder del Congreso, exige pena de muerte para los secuestradores. Otra diputada pregunta en voz baja ¿solo para quienes secuestran ricos o también para los que secuestran y matan niñas y mujeres pobres en Ciudad Juárez? Un diputado le dice que no sea políticamente incorrecta, puede ofender a la familia del joven asesinado. Ella no minimiza la pérdida de los dueños del emporio Sports City, señala que hace años la clase política no se había pronunciado tan indignada por un delito cometido contra una persona. En su enojo la gente pide pena de muerte, más poder a la policía (negando su probado poder de corrupción). La violencia genera más violencia, y hasta el Presidente está movido por el miedo y la rabia. Cada tanto la sociedad se rebela contra un caso, marcha, denuncia, grita ¡basta ya! Y luego vuelve a la vida de siempre. Las familias a llorar sus pérdidas, algunas emigran a tierras más seguras.
Yo prefiero preguntarme ¿porqué cada vez más mexicanos están dispuestos a matar y dañar a sus compatriotas? ¿Cómo llegamos hasta aquí? A convertirnos en una patria llena de ira, de sed de venganza, profesionales del crimen. No podemos olvidar que es responsabilidad de las autoridades detener la violencia, no fomentarla. Felipe Calderón debe saber que promover una cultura de Guerra, de te matan o matas, tendrá consecuencias sociales de largo plazo.
Un secuestrador mata a un niño, la sociedad pide que lo maten a él. Y lo pide porque detrás de su sed de venganza está el miedo de que el próximo secuestro sea en su familia, en un ser querido. Pero habrá otro secuestrador, y otro más. Mientras eso sucede descubrimos que cuando no entendemos el miedo, elegimos convertirnos en agresores. Y la violencia generada desde el poder, produce más opresión. La guerra deviene en más miedo, en más violencia. Más opresión, genera más rabia, más delincuencia. México es un gato que se persigue la cola dando círculos. No acabamos de comprender que los verdaderos enemigos de México son la pobreza, la desigualdad, el abuso del poder político que coarta la libertad individual y colectiva, y la falta de oportunidades para que millones de personas le encuentren sentido a sus vidas. Sabemos que el sistema de justicia necesita ser renovado integralmente, los buenos proyectos contra la impunidad sobran. México no sanará con más violencia. La justicia no es venganza, sino orden moral. ¿Quién nos lleva de la mano a sanar al país mientras ellos juegan a la guerra?

Durmiendo con el enemigo

Cuando llegué a Dakar, Senegal, hace diez años, para un diplomado sobre VIH-Sida, me prometí volver y mirar más allá de las cifras, escuchar a la gente, contar sus historias.
Entré en un galerón con techo de lámina, el calor desértico profundizaba el tufo de medicamentos. Entre los olores distinguí el singular aroma de la piel de una bebé recién bañada por la enfermera. Antes de que yo pudiera reaccionar, ella puso en mis brazos a una pequeñita de ojos inmensos y piel como caoba. ¡Es una lástima que sea niña, no tendrá mucho futuro! dijo la enfermera al tiempo que se dio la vuelta para bañar a otro de los casi cien huérfanos que perdieron ese año a madre y padre por el Sida. La pequeña también era portadora, la proyección para su muerte era de tres años. Escribo estas líneas y evoco su mirada en la mía, y la sensación de su manita tibia apañada a mi mano que teclea.
Viajando en África conocí a cientos de mujeres que no solamente fueron contagiadas por sus esposos, sino además, se convirtieron en las cuidadoras y enfermeras de los hombres seropositivos de la familia, o de la tribu. Mujeres con triples jornadas para acarrear agua, llevar alimentos y medicamento a casa, para educar criaturas. Condenadas a subsistir en un mundo en que son cuidadoras sin vida propia.
Tiempo después, en Oaxaca, entrevisté a mujeres portadoras de VIH cuyos  esposos emigraron a Estados Unidos, expulsados por la pobreza. Volvieron de visita, con dólares en la bolsa y el virus en la sangre. Ellas se quedaron, muchas desnutridas, víctimas de un hambre ancestral, con bajas defensas, sin acceso a medicamentos adecuados, sin trabajo. En un campo que no produce alimentos.Algunas con criaturas pequeñas, o embarazadas con bebés ya contagiados, sin tratamiento prenatal. Mujeres maltratadas en la sierra de Oaxaca, de Veracruz, de Puebla, de Chiapas. Ellas no saben que el 96% de las mujeres seropositivas  viven violencia en casa. Que si piden el divorcio para huir del maltrato pierden el acceso al Seguro Social. Nadie les dijo que las mujeres contagiadas de alguna enfermedad de transmisión sexual, son cinco veces más vulnerables a adquirir VIH-Sida. Muchas piensan en sus criaturas, en los 25 millones de niños y niñas del mundo que habrán quedado huérfanas del Sida para el 2010. Pienso en las mujeres que murieron de Sida, contagiadas por sus esposos.
Cuando escribí en el libro Muérdele el corazón la historia de Soledad, muchos me dijeron: “eso ya no sucederá en México”. Pero sucede. Jovencitas de entre 15 y 24 años conforman el 60% de las portadoras de VIH. Casi el 50% de las personas con VIH son mujeres. Muchas casadas, monógamas, contagiadas en el lecho conyugal. Las que no pudieron comprar un condón femenino, que no se atrevieron a exigirle condón a su pareja, ni una prueba de sangre cada año. Las que como Soledad creyeron que a su hogar el Sida no llegaba. Miles de mujeres que hoy viven con el virus, no han cometido otro pecado que confiar en el hombre que aman. México, sede de la conferencia mundial de SIDA 2008, es  un país que no acaba de comprender los efectos reales de la desigualdad, el machismo y la pobreza.

La fórmula para la infelicidad

La juventud mexicana de entre 15 y 19 años le teme a la vida. El 45.2% de las mujeres y el 35.7% de los varones consideran a esa edad que su vida es un fracaso. El 62% de las adolescentes dejan de comer por tristeza; el 61.5% de mujeres está deprimida, contra el 47.2% de hombres. El 42.6% de niñas cree que no vale la pena vivir, y el 28.7% de niños no le encuentran sentido a su existencia. Las cifras son abrumadoras, y por su usted cree que todo está bien en casa, vuelva a preguntárselo. Entre el 84.9 y el 62% de estudiantes viven con miedo y temor a casi todo, incluyendo a las personas adultas y sus opiniones. Más de la mitad de jóvenes no pueden comunicarse con su madre y padre, y casi la mitad aseguran que son incapaces de mostrar sus afectos en casa. Casi el 40% nunca les cree a sus padres.
Estos datos los revela con precisión la Primera Encuesta Nacional de Exclusión Intolerancia y Violencia elaborada por la SEP y presentada por el subsecretario de educación media superior, el Dr. Miguel Székely. La encuesta no solamente nos muestra qué piensan y sienten las y los estudiantes de escuelas públicas de todo el país (que bien podría extrapolarse a las escuelas privadas), también nos rebela cómo su propia intolerancia, racismo, violencia y exclusión, les lleva a perder el sentido de la vida y la alegría. La intolerancia entre jóvenes es abrumadora. El 54% no acepta que haya estudiantes con VIH Sida en su escuela; el 52.8% del estudiantado se declara homofóbico, la mitad desprecian a adolescentes con discapacidades. El 47.7% rechaza a las personas indígenas en su entorno y casi el 40% no está dispuesto a convivir con personas de ideas políticas diferentes. ¿Sorpresa? Baste recordar cómo se dividió el país y las familias con la crisis postelectoral del 2006.
Pensaríamos que entre los 15 y los 19 años nadie nos rechazaría por nuestra religión, pero en realidad el 35.1% de estudiantes aseguran no querer convivir con personas de fe diferente a la suya. El 30% rechaza a personas extranjeras y desprecia a jóvenes de baja condición socioeconómica. Casi el 40% no quiere tener compañeras de otro color de piel diferente al suyo. El círculo vicioso se fortalece sin que ellas y ellos se percaten de que son quienes nutren la fórmula para la infelicidad. Casi la mitad de estudiantes ejercen violencia verbal y se dedican a hablar mal de las y los demás. La mayoría admite que se siente mal cuando es blanco de violencia, pero no asume su responsabilidad al ejercerla.
Parece que el discurso político contra la corrupción, la violencia de género, los asesinatos por homofobia, las políticas públicas sobre VIH Sida y el racismo, no da resultados. Las nuevas generaciones están más deprimidas y son más intolerantes, dos ingredientes que exacerban la violencia social y familiar. La construcción de la paz precisa de dos factores esenciales: el deseo de la felicidad propia y ajena, y el respeto a las diferencias. El reto está en aprender desde la infancia que dañar a las y los otros siempre acaba por destruirnos; insitucionzalizar la educación para la paz. www.lydiacacho.net

SE RENTAN MUJERES

Los hombres que pagan por tener sexo son corresponsables del incremento de trata de mujeres y niñas en el mundo. La Organización Internacional para la Migración rebela en su estudio sobre trata de personas y su clientela que el 78% de los hombres que pagan por sexo comienzan a los 21 años o antes. Esto, entre otras cosas, significa que casi desde la adolescencia los hombres consideran que rentar seres humanos es correcto, a pesar de las condiciones en que estas mujeres se encuentren.
Durante años la literatura ha idealizado la prostitución, y el tema de la explotación sexual se ha abordado analizando la situación de las mujeres y niñas metidas al mercado del sexo. Ahora la investigadora Donna Hughes insiste en seguir los patrones de los clientes que nutren el mercado y la cadena alimenticia de la trata de mujeres y menores. Según Hughes los mitos sobre la demanda masculina de prostitución son falsos. Asegura que en realidad los hombres casi nunca están solos, raras veces tienen relaciones sexuales poco satisfactorias, casi todos los que pagan por sexo están casados o tienen pareja sentimental.
Las investigaciones muestran que lo que los clientes buscan es tener actos sexuales que sus esposas no aceptarían, o que ellos no le aceptarían a ella porque es madre de sus hijos. Quieren una mujer que pueden comprar por corto tiempo sin responsabilidades emocionales o morales; buscan tener sexo en contextos en los que no necesitan ser corteses, ni amables; en los que pueden humillar degradar y dominar mujeres, niñas y niños.
El trabajo de campo permite entender lo que siempre se ha dicho en economía: sin demanda no hay oferta. La normalización de la renta o venta de sexo es tal, que quienes pagan por sexo alimentan el discurso sobre la supuesta autodeterminación de las mujeres de cualquier edad para estar en la prostitución.
El Estado es el gran lenón en este mercado, pues además, para mantener la clientela segura, ha legalizado la prostitución y obtiene jugosas sumas por impuestos de prostíbulos, casas de masajes y centros nocturnos que ofrecen mujeres y menores. No existen indicadores de cuanto dinero queda en los juzgados por fianzas pagadas por mujeres detenidas con brutalidad policíaca en las razias de prostitutas ¿y los clientes? Ellos bien, gracias, en casa probablemente con su mujer.
El estudio de Donna Hughes muestra que los países donde hay más clientes de la prostitución son: Tailandia con un 73% de los hombres, España 39%, Japón 37% , Suiza 19% y Estados Unidos 16%. México no estuvo entre los países investigados. Lo cierto es que se estima que cada año 2.4 millones de mujeres, niñas y niños son víctimas de explotación para fines sexuales. Ochenta por ciento son mujeres, y el resto niñas y niños menores de 18 años. El único esfuerzo notable en el mundo para abatir la explotación de mujeres es el de Suecia; criminalizó a los proxenetas, dueños de burdeles y clientes, y ofrece salidas reales y protección a víctimas de explotación. En Holanda, que legalizó la prostitución, el gobierno acaba de aceptar que se equivocó, pues la trata de mujeres y la violencia aumentó 25%. Las mafias que explotan a las víctimas de trata no existirían sin la complicidad de ese varón que todavía piensa que al comprar a una mujer no está haciendo algo incorrecto. El problema no se resolverá sólo con leyes; requiere de la participación de toda la sociedad. www.lydiacacho.net

Eres mi héroe, Papá


La cursilería que arrasa en es-tos días diría que es “muy padre ser padre” o que “a papá con amor, regálale un Ipod o una camisa de cocodrilito”. Nadie se atreve a decir: “Al padre que está ausente emocionalmente todo el año, pero que trae dinero a casa, celébralo” o “para aquél que repartió su esperma en varios cuerpos: una suscripción anual de Hola!”. O: “Para el padre a quien nadie enseñó a serlo: una suscripción a ESPN”. Este domingo Emilio Gamboa seguramente le llamó a Kamel Nacif para recordarle: “¡Papá, tu mandas!”. Pero ¿qué significa ser padre?La realidad es que el país está lleno de hijos que fueron abandonados por sus padres, ya sea emocional, física o geográficamente. De padres que golpean a sus hijos porque les enseñaron que ser hombrecito es ser macho y violento. Hay miles de hijos que juraron no repetir el modelo aunque a veces lo hacen. Padres a quienes les enseñaron que para ser hombre hay que tener mucho sexo y que la mujer es la responsable de evitar el embarazo. Padres que tuvieron que dejar la universidad porque no se pusieron condón, y les forzaron a casarse y a tener una criatura no deseada.
De la maternidad se dice demasiado. De la paternidad nada. Quienes han estado en contra del derecho de las mujeres para tomar decisiones sobre su cuerpo y la maternidad han evitado a toda costa hablar del papel de los inseminadores o de la paternidad no elegida. Apenas comienza la cultura denominada por el terapeuta Paco Cervantes como paternidad responsable, amorosa y presente. Se vende el concepto vacuo. Para designar algo maravilloso decimos: “¡Que padre está!”, sin embargo nadie dice: “¡Qué poco padre!”; o: “¡no tiene padre ese desgraciado!”. Octavio Paz nos explicó que chingar significa violar. Por eso en México un “hijo de la chingada” es un hijo ilegítimo de una mujer violada y cuando alguien quiere insultarte te manda con esa mujer abusada y desvalorizada socialmente.
Los conceptos de maternidad y paternidad que hemos heredado del siglo XVI son obsoletos. Millones de niños y niñas inseguros caminan las calles de México. Hijos de mujeres y hombres a quienes les vendieron la noción de la procreación amorosa, tierna y mágica pero nadie les enseñó a desarrollar y nutrir esa magia.
Es cierto que el hecho de que la mujer lleve dentro de su cuerpo a su hijo o hija por nacer establece un vínculo especial, pero eso no la convierte en buena madre. También es cierto que pocos hombres están conscientes de que su esperma es una parte integral de ellos, son sus genes, su energía, dan vida. Por eso la paternidad no debería ser producto de la casualidad o la violencia, sino del amor, de la responsabilidad informada, del deseo, de la habilidad y la constancia para criar a un ser humano con derecho a la felicidad, a la educación, a la salud, al amor. A los que sí aprendieron, como mi padre, un abrazo.

¿¡Ya basta! señor Presidente?

Columna publicada los lunes en El universal y otros diarios de México
PLAN B
Lydia Cacho

Felipe Calderón tiene miedo. Pero no es el mismo miedo que tenemos 104 millones de mexicanos y mexicanas que sabemos que de cien delincuentes que nos ataquen solamente dos irán a prisión. No es el miedo de los empresarios que saben que su cabeza tiene precio para los secuestradores. Ni el de las y los periodistas que reciben granadas en sus redacciones, o cabezas y cuerpos mutilados a la puerta de sus diarios. No es el mismo miedo de los familiares de las y los reporteros secuestrados, torturadas, desaparecidos.
El presidente tiene el miedo de quien cree que tiene el control de la situación y la realidad le abofetea en el rostro para recordarle que se equivoca. El asesinato de Edgar Millán desató su ira y  el “¡Ya basta!” (aunque unos días más tarde nos aseguraron que vamos ganando al guerra. ¿Acaso Mouriño confunde la realidad con el score de su X-Box?).
Junto con su “Ya Basta”, el presidente expresó sus reclamos a la prensa, a las y  los ciudadanos: “Es una exigencia sin excepción. A los ciudadanos para no ser cómplices de la ilegalidad, para denunciar los delitos, para avisar a las autoridades de los delitos, de las operaciones criminales. Para no solapar la existencia, ni en el barrio, ni en la ciudad (…) ni en la cámara empresarial de las organizaciones criminales”.
Esta retórica de corresponsabilidad valdría en un país en que el gobierno reconoce a las sociedad como interlocutora. Pero el gobierno de Calderón tendría que ser capaz de darle garantías y seguridad a las y los que siguiendo su “exigencia” arriesguen su integridad y la de sus familias. Pero algo no cuadra en este grito de guerra presidencial. Las y los periodistas que hacen justo lo que Calderón pide, son sometidos a juicios interminables como el que enfrenta Miguel Ángel Granados Chapa, o están muertos como Jesús Blancornelas y 30 más; o viven bajo amenazas como cientos de colegas. No es válida cuando el gobierno despolitiza y desprecia los derechos humanos. Porque los derechos humanos no son una súplica moral, sino una exigencia legal para evitar (entre otras cosas) los abusos del poder en todos los ámbitos sociales. No se puede exigir a la sociedad que se sume a la guerra,  mientras al ejército y la policía tienen carta blanca para violar derechos y arroparse entre el patriotismo y la corrupción.
Yo le pregunto al Presidente. ¿Es una guerra contra las drogas o contra los poderes del Narco? ¿En quién sugiere el Presidente que creamos? ¿Que denunciemos ante la policía infiltrada que vendió a Millán? ¿Acaso no tienen SIEDO y la Secretaría de Hacienda instrumentos para investigar la economía criminal en las cámaras empresariales? ¿Propone el Señor presidente que la gente común vaya a la policía local a denunciar las narcotiendas que los polis protegen?  ¿Llama a la sociedad solapadora cuando en el Congreso están los priístas que generaron y alimentan un sistema sin Estado de Derecho,mismo que fortaleció  al Crimen Organizado? ¿Por qué la policía federal y el ejército no persiguen a los sacerdotes y obispos que reciben narcolimosnas? ¿cuántos de los narco-procuradores  que son investigados por SIEDO están el prisión? ¿Quién solapa a los gobernadores  y alcaldes asociados con el crimen organizado?  ¿Quién se toma la foto a su lado?     www.lydiacacho.net

La tropa solitaria

Publicado en El Universal y otros diarios el 2 de junio de 2008

Manejo por la avenida Kukulcan, en Cancún. De mi lado derecho el mar transparente y luminoso, a mi izquierda dos camiones del Ejército mexicano. Cada cinco metros un soldado, con casco y arma larga a la mano, dispuesto a lo que parece un operativo especial. Más tarde me entero de que lo que atestigüé fue un simple operativo de práctica para la próxima visita del presidente Calderón a Cancún.

Dos días después logro entrevistar a tres soldados. Vestidos de civiles llegan a la cafetería. Animosos hablan de sus familias, de cómo y por qué entraron al Ejército como su única opción para estudiar. ¿Tienen miedo? Pregunté. Miedo de que la guerra contra el narco acabe con sus vidas. Miedo de que su comandante o general se venda a los traficantes y los traicione. Miedo a que Los Zetas de Cancún les hagan un tentador ofrecimiento económico.
“Miedo, miedo, yo no tengo”, asegura Francisco J, “a veces uno siente temor de todo eso que usted menciona. Yo tengo 26 años y tengo estudios y estoy para defender a mi país. Aunque luego a uno le pega saber que ya están hablando mal de nosotros, que si somos violadores y esas cosas”. Aseguran que jamás violarían a una mujer, aunque saben de compañeros que cuando traen adrenalina del combate “hacen cosas indebidas sin pensar”.
¿Están entrenados para matar? Pregunto. “Pues no… para defender, y si defendiendo uno tiene que matar, pues mata, eso es parte de la defensa de la nación”. Pregunto si creen que los narcotraficantes están mejor en la cárcel o muertos, los tres cruzan miradas. Silencio. Uno se anima: “Pues honestamente, muertos” y argumenta la cantidad de policías que se arriesgaron para arrestar al Chapo Guzmán y luego lo dejaron libre; otro acota que es mejor que los manden a Estados Unidos porque allá les dan cárcel de por vida o pena de muerte. Entre risas explican que son como los Gremlins de su infancia: si se moja un bicho de esos, de él salen otros 10, o 20… así es con los narcos.
Nos despedimos, uno saca de un periódico doblado un libro de mi autoría, me pide que se lo dedique y pregunta cómo sé en qué policías confiar, para entrevistarlos. ¿Cómo sé quiénes son los buenos y quiénes los vendidos?
Si los cálculos de un fiscal de SIEDO son correctos, uno de esos tres jóvenes frente a mí, ante la disyuntiva de venderse al narco o morir, decidirá aceptar el dinero. Traicionará al Ejército y a lo que él llama su patria.
Nos despedimos con la esperanza de que esta violencia moral y social termine algún día. De que ante la disyuntiva de corromperse o defender sus principios, cada vez más personas opten por sus principios. Francisco J dice: “Le puede a uno tener que dar la vida por culpa de los políticos que nos dejaron este país así”. El soldado recuerda que el narco no llegó solo a México, que los cárteles entraron por la puerta grande, del brazo de los gobernadores y procuradores.
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